Por Paco Caparrós 27 de octubre de 2026
Julia de Castro es la reina del pop. Es historiadora, actriz, directora de cine, toca el violín y canta. Hace todo y todo lo hace bien.
La primera vez que escuché su nombre fue en el verano de 2021. En la radio estaban hablando de un disco que acababa de salir, La historiadora. Solo estaba prestando atención porque en septiembre de ese año yo comenzaba la carrera de Historia del Arte. Nunca me acordé de escuchar el disco, pero meses más tarde el modo aleatorio de Spotify se encargó, por casualidad, de que escuchara el tema Caminadora, del que más tarde tomé conciencia de que formaba parte de aquel disco que comentaban en la radio.
Un par de años más tarde conocí la galería Arniches 26 en UVNT (cuando UVNT era UVNT) y allí me dijeron que, entre los artistas que representaban, se encontraba Julia de Castro. Tiempo después, durante el transcurso de la última edición de la feria Estampa, pude visitar su instalación en la galería, que aún se mantiene en vigor.
Una instalación formada por cuatro piezas: principalmente, cientos de bolsitas de plástico con pelo que cubren las cuatro paredes de la galería, alternadas con exactamente sesenta bolsitas de sangre menstrual; además del vaciado en yeso de un abrazo en una de las esquinas y el texto de la exposición, escrito también en sangre y que dura exactamente lo mismo que La Traviata de Verdi.
La instalación parte, según la autora, de la ineficiencia del lenguaje verbal para expresar el duelo de una ruptura amorosa. Julia de Castro, durante los cinco años que duró la relación con su pareja, recogía del suelo de la peluquería el pelo rubio y rizado de quien era su pareja para luego guardarlo. Una acción fetichista y sin la intención de convertirlo después en una obra de arte, sino más bien con un propósito archivístico de su amor.
Además de las bolsas de pelo que cubren la pared, las sesenta bolsitas con sangre de menstruación funcionan como una ilustración de los óvulos que ha perdido y que no va a recuperar, porque el pelo se corta y vuelve a crecer, pero los óvulos que produce una mujer a lo largo de su vida están contados y no se pueden recuperar.
De esta manera, la artista convierte la experiencia íntima en pública con el fin de mostrarla como es: material, contradictoria, absurda e incómoda. Del mismo modo que lo hacía la artista que abrió el camino sobre el que camina Julia de Castro para esta exposición: Sophie Calle.
Sophie Calle es una artista caracterizada por la exploración de los límites entre la intimidad y la exposición de la vida privada. A través de la fotografía, el registro documental y la narración escrita, construye relatos en los que se difuminan las fronteras entre la observación, la vigilancia y la experiencia personal. Su obra permite conocer numerosos aspectos de su propia vida, hasta el punto de convertir su biografía en uno de los materiales fundamentales de su práctica artística.
Su trayectoria comenzó de una manera poco convencional, sin una voluntad inicial de dedicarse al arte. A los dieciocho años abandonó Francia y pasó siete años viajando por Estados Unidos. Cuando regresó a París se encontró con una ciudad en la que apenas conservaba vínculos personales y en la que no tenía ocupaciones concretas. En este contexto empezó a seguir a desconocidos por las calles, fotografiarlos y recopilar información sobre sus hábitos y comportamientos, construyendo archivos a partir de la observación prolongada de sus vidas cotidianas. Esta práctica constituyó el punto de partida de Suite vénitienne, una obra en la que siguió hasta Venecia a un hombre al que había observado previamente en París y con quien coincidió, de manera fortuita, en una fiesta.
A partir de ese encuentro, Calle documentó sus desplazamientos por la ciudad sin que él fuera consciente de estar siendo objeto de seguimiento. De este modo, la artista estableció una relación asimétrica entre quien observa y quien es observado, convirtiendo la persecución en el eje narrativo de la obra. El trabajo de Calle se articula, por tanto, en torno a la búsqueda y construcción de situaciones que posteriormente transforma en relatos visuales y escritos. Muchas de estas obras se han publicado en forma de libro a través de la editorial Actes Sud, en un formato que integra fotografías y textos y que invita al espectador a aproximarse a ellas simultáneamente desde la lectura y la contemplación de las imágenes.
Cualquier lector que haya llegado hasta este punto puede considerar que lo mencionado en los dos párrafos anteriores no tiene absolutamente nada que ver con Julia de Castro, ni con Arniches, ni con los pelos cortados de nadie. Pero, además de perseguir a desconocidos por la calle en plan psicópata, Calle también ha abordado en el plano artístico cuestiones relacionadas con las relaciones de pareja, el sexo, la belleza, el dolor, la pérdida y la mirada; además de la atracción por lo ajeno y por los desconocidos. Y, por otro lado, la voluntad de transgredir la delimitación entre lo público y lo privado; dos cuestiones que, de hecho, aparecen ligadas la una a la otra en muchos de sus trabajos.
Suite vénitienne, 1983
En este sentido, y por no hacer demasiado larga esta publicación, la obra en particular en la que más podemos relacionar a Calle con Castro es Les dormeurs, formada por 176 fotografías y veintitrés carteles con textos, todas las imágenes con las mismas dimensiones y dispuestas formando una perfecta cuadrícula de 10 × 20 piezas.
El conjunto forma un archivo de personas durmiendo en la cama de la artista, después de que las invitara a ocuparla durante periodos de ocho horas. A lo largo de varios días, veintinueve personas, entre conocidos y desconocidos, se turnaron para dormir en su cama, mientras Calle observaba y registraba sus movimientos, posturas y comportamientos durante el sueño. La artista organizó esta experiencia como una suerte de protocolo, estableciendo turnos y tomando fotografías a intervalos regulares, además de anotar sus observaciones y las circunstancias de cada encuentro.
Podríamos considerar que cada descripción o fotografía de los sucesos ocurridos en esa cama forma un depósito relampagueante de la intimidad. Es decir, cada pieza que forma la obra actúa como un gatillo disparador de la memoria sobre el espacio de lo simbólico, lo privado o lo secreto.
Les dormeurs, 1979
De vuelta con Julia de Castro y su instalación en Arniches, podemos considerar que, desde un punto de vista benjaminiano, cada bolsita de pelo encapsula en sí misma los recuerdos o las emociones de la artista sobre su relación pasada. Julia de Castro nos invita a conocer su intimidad de una forma más sutil que Calle, con un trabajo conceptual que va al grano. No intenta contar su relación ni relatar el proceso de ruptura al detalle porque no toca; más bien, reduce la narración al archivo y deja que sea el espectador quien elabore sus propias conclusiones. En este sentido, ella pone la instalación y el espectador pone su mirada. Y esta mirada puede ser muy diversa porque se trata de una propuesta verdaderamente bizarra.
Bibliografía
GARCÍA, Raúl Hevia. Sophie Calle, el autor como el protagonista. En Congreso Internacional Imagen Apariencia. 2009.
LAUDO, Alexandra. La intimidad de los otros y Sophie Calle. Temas de psicoanálisis, 2017, no 13.
PORTA, Luis; AGUIRRE, Jonathan; RAMALLO, Francisco. La intimidad como bioestética de lo cotidiano. Ensamblajes metodológicos en investigaciones autobiográfico-narrativas en educación. Revista Educação e Cultura Contemporânea, 2023, vol. 20.
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